Entre archivos y ficción: conversación con Clara Valdés
Clara Valdés conoce los documentos que rara vez aparecen en los libros de texto: cartas dobladas dentro de legajos, cuentas domésticas, diarios incompletos y expedientes que revelan la vida de quienes quedaron fuera de los grandes relatos. Historiadora especializada en la España del siglo XIX, ha convertido ese material en el punto de partida de sus novelas de época.
Su trabajo literario combina investigación rigurosa, personajes inventados y una mirada atenta a las emociones. En sus páginas, una huelga, un matrimonio concertado o una epidemia no funcionan como simple decoración histórica, sino como fuerzas que modifican las decisiones de cada personaje. Su última novela, Las horas de la cal, transcurre entre Madrid y una pequeña ciudad portuaria durante los años posteriores a la revolución de 1868.
En esta conversación hablamos de los límites de la ficción histórica, de la responsabilidad de reconstruir otras épocas y del diálogo constante entre archivos e imaginación. Valdés también comparte sus lecturas de referencia, su método de trabajo y las razones por las que una novela ambientada en el pasado puede hablar con tanta claridad del presente.
| Aspecto | Trabajo historiográfico | Escritura de novela de época |
|---|---|---|
| Fuente principal | Archivos, testimonios y bibliografía especializada | Documentación histórica combinada con imaginación |
| Objetivo | Explicar procesos y contextualizar hechos | Crear una experiencia emocional y narrativa |
| Margen de invención | Limitado por la evidencia disponible | Amplio, siempre que respete la coherencia del periodo |
| Centro de atención | Estructuras sociales, políticas y económicas | Personajes, conflictos y decisiones |
| Relación con el lector | Transmite conocimiento | Propone conocimiento a través de la experiencia |
Del archivo a la escena
¿Cuándo descubres que una investigación puede convertirse en novela?
A menudo sucede cuando encuentro un detalle pequeño que contiene una vida entera. Puede ser una anotación en un libro de cuentas, el nombre de una mujer que aparece una sola vez en un padrón o una carta escrita con una caligrafía nerviosa. La historia académica tiende a ordenar esos indicios dentro de procesos amplios; la novela me permite detenerme en ellos y preguntar quién estaba detrás de esa firma, qué esperaba esa persona o qué decidió callar.
Con Las horas de la cal ocurrió algo parecido. Estudiaba los cambios sociales que siguieron a la revolución de 1868 y encontré referencias a trabajadoras de una fábrica de conservas. Apenas ocupaban unas líneas en los documentos, pero esas líneas hablaban de salarios, desplazamientos, enfermedades y redes de solidaridad. Empecé a imaginar a una mujer que supiera leer, algo poco habitual en su entorno, y que utilizara esa habilidad para ayudar a otras compañeras. La novela nació de esa posibilidad.
¿Qué diferencia hay entre investigar para un ensayo y hacerlo para una obra de ficción?
En un ensayo busco demostrar una hipótesis o explicar una relación histórica. En una novela necesito saber cómo olía una calle después de la lluvia, cuánto tardaba una carta en llegar, qué alimentos podían encontrarse en una casa modesta o qué palabras resultaban ofensivas en una conversación. La documentación se vuelve más sensorial y cotidiana.
También cambia la pregunta central. El ensayo suele partir de un “qué ocurrió” o un “por qué ocurrió”. La ficción añade “cómo se vivió”. Esa dimensión no sustituye al conocimiento histórico, pero lo vuelve cercano. Para mí, escribir es una manera de devolver cuerpo, voz y contradicciones a personas que los documentos suelen presentar de forma muy esquemática.
La vida cotidiana como territorio narrativo
Valdés insiste en que una novela histórica no se sostiene únicamente con fechas, batallas o nombres ilustres. El pasado también está hecho de habitaciones mal ventiladas, trayectos a pie, supersticiones, trabajos invisibles y conversaciones familiares. Ese tejido diario permite que el lector entienda las consecuencias concretas de las transformaciones políticas.
¿Qué aspectos de una época te interesa explorar con mayor profundidad?
Me interesan las zonas intermedias, aquello que ocurre entre los acontecimientos conocidos. La llegada del ferrocarril, por ejemplo, no representa lo mismo para un empresario que para una lavandera, un campesino que abandona su pueblo o una viuda que empieza a vender comida cerca de una estación. El progreso tiene ritmos distintos y produce oportunidades, pero también pérdidas.
En mis novelas intento observar cómo las grandes ideas entran en las casas. La educación, la industrialización, el republicanismo o los debates sobre el matrimonio aparecen en la vida de los personajes a través de decisiones concretas. Una muchacha que quiere trabajar, un hombre que regresa de una guerra o una familia que pierde su negocio pueden encarnar tensiones históricas sin necesidad de explicarlas continuamente.
¿Cómo evitas que la documentación abrume al lector?
La regla que sigo es sencilla: cada dato debe cumplir una función. Si una descripción de una plaza no afecta al estado de ánimo, al conflicto o al movimiento de un personaje, probablemente sobra. La documentación está para sostener la escena, no para exhibirse.
También procuro que la información aparezca vinculada a una acción. En lugar de explicar durante una página cómo funcionaba una casa de huéspedes, prefiero mostrar a la protagonista contando las monedas para pagar una cama, negociando con la dueña y compartiendo habitación con otra viajera. El lector entiende el contexto porque lo vive junto a ella.
Para quienes disfrutan de distintas formas de narrativa, la sección de narrativa y relato ofrece un espacio natural para descubrir obras donde la atmósfera y la construcción de personajes tienen un papel esencial.
Libertad creativa y responsabilidad histórica
La conversación cambia de tono cuando hablamos de los límites de la invención. Valdés defiende que una novela no debe comportarse como un manual, aunque sí tiene que asumir las consecuencias de situarse en un tiempo reconocible. Inventar personajes es legítimo; alterar sin cuidado las condiciones de una sociedad puede deformar la experiencia que la obra pretende representar.
¿Qué errores son más frecuentes al escribir sobre el pasado?
El primero es imaginar que las personas de otra época pensaban exactamente como nosotros, pero vestían de manera distinta. Es una forma de anacronismo emocional. Podemos compartir deseos básicos, aunque las palabras disponibles, las obligaciones y la idea de lo posible fueran diferentes. Una mujer del siglo XIX podía aspirar a la libertad, pero quizá no la formulara con el vocabulario actual.
Otro error consiste en convertir la historia en un decorado elegante. Las casas, los vestidos y los carruajes atraen, pero también existían pobreza, violencia, enfermedad y desigualdad. No se trata de llenar cada capítulo de sufrimiento, sino de recordar que la belleza de una época convivía con realidades muy duras.
¿Hay temas sobre los que te cueste más escribir?
Sí, especialmente la violencia ejercida dentro de la familia y las experiencias de las mujeres que carecían de recursos legales o económicos. Como autora tengo que evitar dos extremos: presentar esas situaciones de forma complaciente o utilizarlas únicamente para provocar un impacto. Antes de escribir una escena así, necesito entender sus consecuencias y saber qué lugar ocupa en el arco del personaje.
También me preocupa la representación de colectivos de los que no formo parte. La documentación ayuda, pero no elimina la responsabilidad. Leo testimonios, consulto estudios especializados y reviso el lenguaje. Si una voz me resulta difícil de construir con honestidad, prefiero reducir su presencia antes que utilizarla como una caricatura.
Personajes que contradicen su tiempo
Los protagonistas de Valdés no son figuras ejemplares diseñadas para confirmar una tesis. Se equivocan, desean cosas incompatibles y a veces reproducen prejuicios que la novela cuestiona. Esa complejidad permite que la ficción histórica evite una visión demasiado cómoda del pasado.
¿Cómo construyes a una protagonista que resulte creíble para su época y cercana al lector actual?
No intento que sea moderna en el sentido de anticipar todas nuestras ideas. Quiero que sea coherente con sus circunstancias. Puede tener intuiciones que desafíen las normas, pero también miedo a perder la protección familiar, necesidad de dinero o afecto por personas que no comprenden sus decisiones.
Para construirla, preparo una especie de biografía privada: qué aprendió de niña, qué sabe hacer con las manos, qué enfermedad tuvo, a quién teme decepcionar y qué recuerdo conserva de su primera pérdida. La mayoría de esos datos no llegan al texto, pero me ayudan a entender sus reacciones. Un personaje se vuelve real cuando sus contradicciones tienen raíces.
¿Qué papel desempeñan los personajes masculinos en tus historias?
Procuro que no sean simples obstáculos ni salvadores. Los hombres también están condicionados por la clase social, la educación, la familia y las expectativas de su tiempo. Algunos ejercen privilegios sin cuestionarlos; otros perciben la injusticia, pero no encuentran la valentía o el lenguaje para enfrentarse a ella.
Me interesa especialmente mostrar vínculos que no pueden resolverse con una declaración romántica. El amor puede convivir con la desigualdad, la dependencia económica o el silencio. En ese sentido, la novela de época permite explorar cómo las relaciones privadas están atravesadas por estructuras sociales muy concretas.
Claves de su método de escritura
- Reúne primero una cronología general antes de diseñar las escenas.
- Separa los datos imprescindibles de los detalles útiles para crear atmósfera.
- Escribe fichas de personajes con información que nunca aparece directamente.
- Revisa el vocabulario para evitar expresiones ajenas al periodo narrado.
- Lee cada capítulo en voz alta para comprobar el ritmo de los diálogos.
Lecturas, influencias y nuevas fronteras
La formación de historiadora no ha aislado a Valdés dentro de un único género. Lee novela realista, diarios personales, correspondencia, memorias y literatura fantástica. Le interesa la capacidad de la ficción para alterar la percepción del tiempo, incluso cuando la historia narrada se apoya en una documentación precisa.
¿Qué autores han influido en tu manera de escribir novela histórica?
Siempre vuelvo a Benito Pérez Galdós por su forma de observar la sociedad sin reducir a los personajes a etiquetas. También admiro a Marguerite Yourcenar, que demuestra que una voz literaria puede reconstruir una época con profundidad intelectual y una enorme intensidad íntima. Entre las autoras contemporáneas, Hilary Mantel me enseñó que la investigación no tiene por qué ralentizar la narración.
Fuera de la novela histórica, leo ciencia ficción y fantasía porque me ayudan a pensar en la construcción de mundos. Me gusta comprobar cómo un autor establece reglas, administra la información y hace que una sociedad inventada parezca habitable. En ese sentido, algunas sagas de ciencia ficción ofrecen lecciones muy valiosas para quien escribe sobre cualquier universo narrativo.
¿Puede la novela de época dialogar con otros géneros?
Por supuesto. Una historia ambientada en el pasado puede incorporar suspense, romance, aventura, realismo social o incluso elementos góticos. El marco temporal no determina por sí solo el tono. Lo importante es que el género elegido ayude a expresar el conflicto.
En mi próxima novela estoy trabajando con una estructura cercana al misterio. Hay un manuscrito desaparecido y varias versiones contradictorias sobre su origen, pero la investigación sirve para hablar de la memoria familiar y de quién tiene autoridad para contar una vida. Me interesa que el lector avance por la intriga y, al mismo tiempo, descubra las capas sociales que rodean el secreto.
Razones para acercarse a la ficción histórica
- Permite conocer el pasado desde experiencias individuales y concretas.
- Conecta conflictos actuales con procesos sociales de larga duración.
- Combina entretenimiento, investigación y una lectura atenta del lenguaje.
- Amplía la mirada sobre personas que rara vez ocupan el centro de los relatos.
- Invita a conversar sobre memoria, identidad y justicia.
La autora considera que el creciente interés por las novelas de época no responde únicamente a una búsqueda de evasión. En tiempos acelerados, leer sobre otras formas de vivir permite observar con distancia nuestras propias costumbres. La comparación revela que muchas preocupaciones cambian de forma, aunque persistan la necesidad de pertenecer, el miedo a perder lo conseguido y el deseo de decidir sobre la propia vida.
Antes de despedirnos, Valdés vuelve a los archivos que dieron origen a su vocación. Dice que todavía siente emoción al abrir una caja y encontrar una voz inesperada. “La historia está llena de personas que no sabían que algún día serían olvidadas”, explica. “La novela no puede devolverles todo lo que perdieron, pero sí puede ofrecerles un lugar de atención durante unas páginas”.
Su próxima obra continuará explorando el siglo XIX, aunque cambiará el escenario urbano por una comunidad rural atravesada por la llegada de nuevas industrias. Mientras tanto, Las horas de la cal confirma que la novela de época puede ser rigurosa, cercana y profundamente contemporánea sin renunciar a la complejidad del pasado.
Descubre la obra de Clara Valdés, comparte tus impresiones con otros lectores y sigue explorando las historias que convierten la investigación histórica en una experiencia literaria viva.








